In memoriam. Pedro Montserrat

Por Daniel Gómez y Federico Fillat

REVISTA PASTOS, nº 46(1): 41-42. JUNIO 2016 (publicada en abril de 2017)

Todos los que conocimos a Pedro Montserrat y especialmente quienes lo hicieron a través de la SEEP, constataron su interés apasionado por los pastos y la ganadería. Esta predilección parecería natural y poco relevante porque, al fin y al cabo, ese era el tema central de la investigación pro-movida por la Sociedad de la que había sido inspirador y cofundador.

Pero Montserrat provenía de las disciplinas de Ciencias Naturales y su gran vocación y objeto de sus primeras investigaciones, allá por los años cincuenta del pasado siglo, era la botánica que podríamos considerar más clásica, es decir la florística, la corología, la autoecología y la taxonomía de las plantas. En aquella época, y aun después a lo largo de varias dé-cadas, el “pastoreo” apenas era considerado en el entorno académico de la Biología, la Fitosociología y la Ecología vegetal de nuestro país más allá que como un “agente perturbador” de las comunidades vegetales, y el estudio de los herbívoros domésticos, desde cualquier perspectiva, se consideraba ajeno a la investigación en esos ámbitos.

Fue D. José María Albareda, destacado edafólogo, organizador y primer Secretario General del CSIC, quien en 1954 le solicitó con autoridad ineludible (“era una súplica que consideré una orden”) la dedicación al estudio de los pastos. Esa encomienda emanaba de la visión pragmática de Albareda que juzgaba prioritario el avance de la pascicultura en una época en que nuestro país, sumido en la autarquía económica de una larga posguerra, necesitaba con urgencia la mejora de su producción primaria. En esa tesitura, Montserrat, que de esa disciplina única-mente tenía experiencia en la cunicultura doméstica practicada en su juventud, hubo de empezar desde cero y tuvo que aplicar su conocimiento de la ecología de las plantas que iba a resultar innovador y de extraordinaria utilidad.

Durante su estancia en Inglaterra en 1954, alternó estudios de taxonomía botánica con la ecología y mejora de las comunidades pratenses y entró en contacto con destacados científicos que influyeron decisivamente en su formación. Cuando recordaba a sus compañeros fundadores de la SEEP siempre repetía la gran influencia y ayuda que recibieron de William Davies, el agrónomo posiblemente mejor conocedor del tema en el Reino Unido de aquellos años y también miembro fundador de la Brittish Grassland Society. Le entusiasmaba el esquema británico de reuniones en el que había un congreso con comunicaciones escritas y otro de verano (el summer-meeting que tantas veces mencionaba) en el que se priorizaban las visitas a las explotaciones. Otra zona que reconocía muy interesante era todo el valle del Poó, donde Giovanni Haussman había tenido mucho éxito con el trébol blanco ladino y estudiaba por aquellos años las muchas posibilidades de las alfalfas. Con David Crespo hablaba con entusiasmo del éxito del pastoreo continuo de ovejas en los “montados” portugueses y de las condiciones del suelo y su contenido en fósforo, se entendía muy bien con J. Katznelson de la Universidad Hebraica de Haifa. Otros recuerdos y personajes podrían ampliar este espectro de relaciones multifuncionales que ya empezó en los prados de la Seu d’Urgell y la Cooperativa del Cadí y cuya sistematización de los grupos funcionales ensayaron con éxito con Fernando González-Bernáldez. La mención de otros colegas investigadores con los que tuvo estrecho contacto resultaría aquí prolija y causaría un grave riesgo de olvidar a alguien importante.

Tras su regreso a España, Montserrat recorrió, entre 1955 y 1960, Madrid, Extremadura, Salamanca, Cantabria, Navarra y Aragón, trabajando para el Patrimonio Forestal del Estado en parcelas experimentales, a la búsqueda de especies bien adaptadas a siega y pastoreo en clima y suelo muy variado, con el fin de mejorar la producción vegetal y, por ende, la de leche y carne. En 1956 escribió “Los Pastizales aragoneses” que constituye el primer intento de análisis de la interacción pasto-herbívoro realizado en nuestro país. Además, durante estos viajes y en la exploración botánica del Valle del Ebro asistiendo a J. Braun-Blanquet y O. de Bolòs, conoció los modos de explotación y manejo del ganado y se interesó por la impronta humana en el paisaje y el modelado de la vegetación por los animales que quedó reflejado en numerosos artículos y sintetizado en el escrito de carácter divulgativo “La cultura que hace el paisaje”. La lectura de este librito quizás constituya el mejor atajo para acercarse a su obra.

Se ha destacado a menudo la introducción por Montserrat del vocablo “agrobiosistema” que añadía los sistemas humanizados a los que hasta entonces se estudiaban y consideraban prístinos e incluía la actividad humana en los “factores bióticos” que definen el en-torno natural. Pero dejando a un lado el término, que se extendió con cierta fortuna en los ambientes nacionales de la ecología terrestre, la aportación de Montserrat fue la de “internalizar” la actividad agropecuaria en la interpretación de la estructura, la función y la dinámica de los ecosistemas. Y más en detalle, si hubiera que elegir un concepto para vincularlo a su visión de la ecología, sería el de la “explotación a través del consumo”, como eminente motor y escultor de los paisajes naturales y, por supuesto, de los humanizados: “La esencia de los ecosistemas terrestres es el consumo, materializado por unos consumidores organizados con eficacia a lo largo del tiempo”. Este mismo principio, derivado de la ecología trófica, el del consumo y renuevo en la dinámica de los pastos, resulta primordial para interpretar y tratar de equilibrar explotación y conservación: “conservar exige renovar”. Estas y otras ideas de Montserrat, madura-das de forma personal o exprimidas oportunamente de los destacados colegas que ya hemos mencionado con los que compartió su trabajo investigador, pueden parecer hoy banales para quienes conocen a fondo los entresijos de la ecología moderna, pero cabe reflexionar sobre lo mucho que, más allá de los conceptos in-signes del ideario “montserratiano” queda por estudiar, experimentar y aplicar.

El legado científico de Montserrat ha sido ya reseñado de forma detallada y está disponible en distintas publicaciones y la mera mención de sus aportaciones a la pascicultura hubiera requerido varias páginas. En esta breve reseña hemos pretendido únicamente destacar algunas de las contribuciones de D. Pedro durante las seis largas décadas de su intensa dedicación investigadora. Pero, más allá de las vicisitudes y méritos profesionales, no queremos terminar sin re-saltar, por inhabituales en el mundillo de los científicos, dos aspectos del personaje: El primero su inquietud y compromiso permanente, hasta el final de sus días, con los “problemas ambientales y socioeconómicos” en general y, sobre todo, con los de los habitantes de las montañas (“siempre intenté “aplicar” los conocimientos botánicos y ecológicos”) como queda patente en sus artículos divulgativos en prensa que escribió hasta bien cumplidos los 97 años y en los que sugirió muchas propuestas cargadas de ilusión (“me gustaría ser joven para verlo”). El segundo, que sin duda suscitará el recuerdo y el acuerdo unánime de los colegas de la SEEP, la bondad en su carácter y comportamiento que sedujo a sus numerosos discípulos, colaboradores y amigos y le procuró longevidad y una vejez sosegada, activa, productiva y plena de emociones.

 

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